domingo, 31 de agosto de 2008

Desfiladero Jaime Avilés

foto: Cesar Huerta

Desfiladero

Jaime Avilés
jamastu@gmail.com

■ ¿Veladoras contra la inseguridad pública o contra López Obrador?

A Felipe Calderón se le fue el país de las manos. Hay 16 millones de desempleados, la inflación es la más alta de los últimos 12 años y las bandas del narcotráfico hoy controlan importantes ciudades y regiones, de Chihuahua a Yucatán, dejando una estela de cadáveres, matanzas a la luz del día, ataques a instalaciones militares, cuerpos decapitados, secuestros y venta de protección a incontables negocios, desde inocentes taquerías hasta ruidosos tugurios de table-dance.

Todo el mundo lo dice, lo sabe, lo palpa: este pequeño “gobierno”, que no fue sino una caricatura sin chiste ni gracia, desapareció entre las patas de los caballos, la falta de profesionalismo, la improvisación, la suma de complicidades y la carencia absoluta de un proyecto nacional. Peor todavía, los terribles problemas que ha causado se agravarán más, y más, y más, mientras la sociedad no lo remplace. ¿Cómo llegamos a tal situación de desastre?

En el principio, sobre las ruinas del modelo socialdemócrata del viejo PRI, nos obligaron a beber las medicinas “amargas pero necesarias” del Fondo Monetario Internacional. Miguel de la Madrid sacó a remate las mil 100 empresas que formaban el patrimonio de la nación. Salinas de Gortari consumó la subasta. Ernesto Zedillo vendió los últimos ferrocarriles y la firma estadunidense que se los compró lo nombró gerente para que los administrara.

El saqueo pronto se reflejó en la estadística: en 1996, el Banco de México reportó que 75 por ciento del dinero depositado en los bancos del país estaba en manos de 2.5 por ciento de los “ahorradores”, mientras el restante se lo disputaban 97.5 por ciento de los cuentahabientes. En 15 años, el neoliberalismo produjo una concentración de riqueza tan injusta como la que existió aquí durante el virreinato.

Cuando un grupúsculo de ricachones se adueñó de casi todas las empresas del Estado –con excepción de Petróleos Mexicanos (Pemex) y la Comisión Federal de Electricidad–, Salinas “arregló” la Constitución para que Vicente Fox pudiera ser presidente de la República. Un sexenio más tarde Zedillo hundió al PRI para que Fox ganara las elecciones presidenciales y, gracias a ambos, el ranchero salvaje de Guanajuato encabezó “un gobierno de empresarios por empresarios para empresarios”.

Entre 2001 y 2006 –de acuerdo con datos oficiales de la Auditoría Superior de la Federación–, Fox “devolvió” a los 50 mayores empresarios del país 604 mil millones de pesos, suma idéntica a la que esos magnates en conjunto pagaron al fisco por concepto de impuestos en el mismo periodo. Éstos no dudaron en respaldar a Fox cuando trató de encarcelar a Andrés Manuel López Obrador en 2005, ni en bendecir el fraude electoral de 2006; sabían que el eventual triunfo del tabasqueño les quitaría tan abusivo privilegio.

Conmovido por la adhesión “espontánea” que le manifestaron en aquellos momentos difíciles, Calderón mantuvo la política foxista de no cobrarles impuestos a los más ricos: en el primer semestre de 2008 ya les devolvió 93 mil millones de pesos por concepto de “incentivos fiscales”. Huelga decir que tanto los 604 mil millones de pesos que Fox le robó a la nación para agasajar a sus cómplices, como los 93 mil que acaba de dilapidar Calderón, provienen de las ventas excedentes del petróleo, es decir, del dinero no presupuestado ni comprometido para su gasto que Pemex recibió gracias al aumento constante del precio de los hidrocarburos.

Por no haber invertido esos recursos en obras productivas, creación de empleos y desarrollo de infraestructura, Fox y Calderón son responsables de que México registre el crecimiento económico más bajo de América Latina, inferior incluso al de Haití, que es una de las naciones más pobres del mundo. Si la ultraderecha panista, en lugar de robarse los 700 mil millones de pesos que Pemex captó por las ventas excedentes de petróleo entre 2001 y 2007, hubiera multiplicado las fuentes de trabajo, fortalecido el campo, modernizado los sistemas educativo y de salud, intensificado la investigación científica y tecnológica y construido las refinerías que faltan para reducir la importación de combustible, nuestro país tendría tasas de crecimiento cercanas a 8 por ciento anual, similares a las de Brasil y Argentina, sólo por debajo de la de Venezuela. Pero no.

Todo fue a dar a las manos de unos cuantos, mientras la miseria y la falta de horizontes empujaban a millones a emigrar a Estados Unidos y la economía paralela de la droga absorbía a cientos de miles de jóvenes del campo, a la periferia de las ciudades y ahora también a las clases medias, que nutren las legiones de sicarios del narcotráfico.

Esta noche, algunos de los principales beneficiarios de esta política impulsada por los últimos presidentes –de De la Madrid a Fox– más el breve espuriato de Calderón marcharán para repudiar la violencia del crimen organizado y la impotencia de las autoridades. En realidad, todos los mexicanos deberíamos acudir a esa movilización para exigir la renuncia del gobierno federal por su incapacidad y corrupción manifiestas. Sin embargo, la prensa identificada con esa minoría y con la ultraderecha no habla sino de López Obrador, como si éste fuera responsable de los más de 5 mil muertos que la descomposición del régimen de facto ha dejado por todo el país.

Quienes encabezan la protesta de esta noche en realidad representan los intereses de aquellos que se benefician de la devolución de impuestos y quieren comprar Pemex. Hace cuatro años apoyaron la intentona del desafuero; después financiaron la campaña del odio que polarizó al país; más tarde bendijeron el fraude electoral que en los hechos constituyó un golpe de Estado y se burlaron del IFE violando las nuevas disposiciones que les prohíben difundir mensajes políticos.

Ahora, usando políticamente el miedo, la angustia, el dolor y la desolación que abruma incluso a sus propios familiares y amigos, pedirán que se implante una especie de dictadura militar, con el Ejército en las calles y la abolición de las garantías individuales, como medida extrema para evitar que Calderón se caiga ante la evidente insatisfacción del pueblo.

Por lo pronto, mañana a las 10 de la mañana, en el Monumento a la Revolución, López Obrador dará a conocer las nuevas medidas que adoptará el Movimiento Nacional en Defensa del Petróleo, si el PRIAN, una vez reabierto el Congreso, vuelve a intentar la privatización de Pemex. En tal caso –millones de mexicanos lo saben– sobrevendrá un paro indefinido, con cierre de autopistas, para evitar que nos arrebaten lo último que nos queda.



Pemex NO se vende, SE DEFIENDE hasta con los dientes.

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