jueves, 30 de septiembre de 2010

el enemigo sin rostro de la oligarquía mundial.



Publicado por: TONATIUH MALDONADO.


Patricio Ortega (PRENSA RED)

Las nociones de terrorismo islámico y narcoterrorismo fueron elegidas para designar el mal, y al mismo tiempo sirven de argumento para políticas que de otro modo no encontrarían consenso.


Marxismo y terrorismo. Uno antes, y el otro después, ambos con un mismo fin: ejes de una argumentación. El marxismo internacional en los sesenta/setenta/ochenta fue reemplazado por el terrorismo en los noventa con idéntico objetivo: encerrar el mal en ellos. La construcción de un discurso que permita identificar a un enemigo sin rostro y se adecue a las necesidades del momento.

Hoy, en América latina, esa entidad malvada es el narcoterrorismo. Una expresión difusa que en una primera instancia reúne a dos concepciones, una eminentemente política, terrorismo, y otra delincuencial, narcotráfico. Juntas, designan al enemigo escogido por el poder para sostener un sistema de creencias acorde a sus intereses. El narcoterrorista no tiene cara, pero sí características bien identificadas: es morocho, de ascendencia indígena y seguramente apoya a los movimientos de izquierda latinoamericanos, como el chavismo. Ese es el prototipo del narcoterrorista.

Por eso sorprendió tanto que, en México, la policía haya atrapado a un líder rubio, apodado Barbie. ¿Acaso los rubios pueden ser narcotraficantes?, sí, por supuesto.

Con respecto a Medio Oriente, la demonización opera ligada a la religión: el terrorismo islámico. El mal, en este caso, se encarna en un religioso fanático cuyo objetivo es destruir a la cultura occidental. Lleva turbante, viste con telas y posee una larga barba que oculta su rostro oliva.

Los extremistas islámicos tienen una diferencia esencial con respecto a los narcoterroristas latinos: no pretenden imitar el modus vivendi de las potencias occidentales, si no destruirla.

Quizás las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sean los únicos con objetivos similares a los terroristas islámicos. Aunque son la excepción de la regla. Por lo general, el narcoterrorista busca la riqueza al modo occidental.

Pero en rigor de verdad, el eje de la discusión no reside en las pequeñas diferencias entre los demonios, sino en la utilización política de ese mal construido mediante un discurso único y repetitivo, junto a hechos de alto impacto que generan coyuntura.

La estigmatización funcionó en los setenta y funciona hoy en un doble sentido: mantener el control social dentro de las fronteras y obtener un argumento esencial para la militarización del exterior, que a su vez permite ejercer un control fuera de las fronteras.

El barbudo islámico, o el morocho latino

El discurso de estigmatización religiosa o racial posibilitó la aplicación de políticas que de otro modo no se podrían llevar a cabo. ¿Alguien en su sano juicio podría apoyar una invasión militar cuando no hay pruebas para justificarla?, ¿se aceptaría la creación de muros fronterizos o deportaciones en masa si no se estigmatizara al extraño? No, definitivamente no. No al menos, con consenso.

La designación de un enemigo bajo los términos de terrorismo otorga esa posibilidad porque no tiene rostro. Al estigmatizar a un ser humano por una característica intrínseca de su ser (como la religión o el origen étnico) se generaliza el odio. El enemigo, entonces, ya no es uno, son todos.

Basta con haber nacido al sur del mundo o rezarle a Alá para ser señalado como un potencial enemigo. Una persona que viajó a otras tierras para absorber una cultura superior y destruirla. Sea por su inferioridad racial o por su extremismo confesional, el extraño es el portador del mal en sí mismo. Haber nacido al sur del Río Bravo es motivo suficiente como para transformarse en un potencial delincuente y narcotraficante, mientras que profesar el islamismo equivale a un hombre bomba.

El mecanismo de control, de este modo, se convierte en una persecución implacable al diferente y deriva en una uniformación cultural. Se trata de la construcción de un ideal que separa a los buenos ciudadanos de los malos por circunstancias que no guardan relación con la obediencia a las leyes o el respeto al prójimo. Y, lo peor, es que los vigilantes más fervientes de esa pureza cultural, étnica, nacional y religiosa son los mismos ciudadanos que adhirieron a ese discurso estigmatizador con fervor.

En épocas de crisis, el mecanismo de control se torna aún más extremo, al punto de transformarse en una paradoja: el extremismo real para combatir al extremismo discursivo. La construcción de un enemigo con una serie de características que, en rigor de verdad, pertenece a los propios guardianes de la cultura superior.

Los latinos no construyeron muros para ocultarse de los estadounidenses. Los musulmanes no ordenaron invasiones devastadoras. Fueron los propios estadounidenses y europeos, los dueños del bienestar y del significado de porvenir, quienes atacaron a sus pares con mayor vigor y con antelación. En todo caso, las expresiones de repudio al poder central son reacciones a una acción agraviante anterior.

Aunque no es intención de esta tribuna saludar facciones violentas, sí se reconoce que el narcotráfico existe porque en los países centrales se consume droga. Es decir, existen los narcotraficantes porque existe el consumo, y no al revés.

Al mismo tiempo, las oficinas de migraciones europeas o estadounidenses, así como sus fronteras, están abarrotadas de extranjeros porque del otro lado de los muros la miseria guarda una profunda relación con las políticas aplicadas por el poder central. Y, por último, no existirían los movimientos extremos del islamismo si Occidente no hubiese intervenido sistemáticamente en Medio Oriente. ¿O acaso alguien olvida a Rumsfeld armando a Saddam, o a Rambo peleando con los talibanes?

Fronteras afuera, militarización y control

La expresión narcoterrorismo no repercutió sólo en la demonización del extranjero para los latinos en Estados Unidos. Brindó, además, una posibilidad de oro para recuperar el control de una región, América latina, que camina lentamente hacia una independencia demorada.

El combate contra las organizaciones narcotraficantes movilizó la militarización latinoamericana. El Pentágono instaló bases en Colombia, Panamá, Honduras, Costa Rica, y amplió la cooperación con Perú, en donde se instalará una en cualquier momento. Además, reactivó la IV Flota en los mares del Atlántico Sur y militarizó Haití para controlar la ayuda tras el devastador terremoto.

En este caso, la construcción discursiva narcotraficante fue utilizada, además, como una herramienta de control ideológico. Mediante certeros golpes de efecto, el narcotráfico fue asociado con la única guerrilla de izquierda que opera en la región y, casi a través de una triangulación, al gobierno venezolano.

Las coincidencias no son caprichosas: en los setenta se acusaba a Cuba de exportar el marxismo por toda la región. Treinta años después, Venezuela es socia de la guerrilla y un país amigable para el tráfico de drogas. Violencia y drogas, entonces, son el resultado de un gobierno socialista. Una ideología unida a dos factores que corrompen sociedades.

La construcción ideológica no sería posible, es preciso aclararlo, sin la cooperación absoluta de los distintos países latinoamericanos. Elites entreguistas y clases medias atontadas por la panacea de la riqueza, como si se tratase de un sueño americano bastante más humilde, se transformaron en herramientas indispensables para el poder central. Porque dentro de cada país, la estigmatización también ha funcionado para despreciar lo local y confundirlo con algo despreciable y atado al pasado.

El pobre, por estos lares, es sinónimo de inseguridad y de drogas. Trafican, roban y matan. Los muros reales construidos en Estados Unidos o España tienen su equivalencia simbólica y concreta en nuestros países. Barrios privados, miles de millones de dólares en seguridad privada, discursos discriminadores, cacheos por portación de rostro, y miles de ejemplos más para explicar cómo la demonización de la pobreza ha calado hondo en latinoamérica.

La otra región estigmatizada, Medio Oriente, no difiere en los métodos pero sí en los resultados. A diferencia de América latina, los países del este han sufrido con mayor crueldad los efectos del enemigo designado. Invasiones militares y la formación de fuerzas propias extremas desolaron una región rica en recursos naturales, acaso su máximo pecado.

En Europa, lo islámico se ha transformado en sinónimo de demonio. No faltaron teorías sobre una estrategia de dominación mediante la reproducción: los islámicos llegaron al Viejo Continente para reproducirse en masa y así inclinar la balanza poblacional para, en el mediano plazo, desarmar la milenaria y rica cultura europea.

El temor a la transformación cultural en una expresión retrógrada fomentó la multiplicación de movimientos extremos. Ese factor, más la crisis y la falsa noción de que el extranjero llega a nuestros países para robarnos el pan dejaron sentado el terreno para la proliferación de extremismos.

Hoy, pululan en Europa y Estados Unidos partidos llamados de extrema derecha, cuya plataforma política consiste en una reivindicación de la cultura original, situando a los islámicos como el opuesto a la civilización. La utilización del argumento purista oculta, sin embargo, una estrategia de cambio social mucho más profunda, que combina el conservadurismo social con la liberación económica.

Nicolas Sarkozy, por citar un ejemplo, llegó al poder combatiendo a los díscolos descendientes de inmigrantes de los suburbios franceses, luego prohibió prácticas publicas musulmanas y por último instaló un mecanismo de expulsión de gitanos. Pero al mismo tiempo avanzó sobre una profunda reforma económico-social que tiene por objeto desactivar el Estado de bienestar galo.

Su calidad de extremo no proviene entonces sólo de la persecución de un nuevo orden social que apunta hacia una pureza étnica y religiosa. El cambio es más profundo porque propone una reestructuración económica que, paradójicamente, impactará de manera brutal en aquellos que apoyan con más fervor las políticas discriminatorias.

En Francia, la clase media que aplaudió las expresiones despectivas de Sarkozy contra los jóvenes rebeldes de los suburbios será la primera víctima del nuevo orden social. Lo mismo sucederá en el resto de Europa y Estados Unidos si la extrema derecha sigue ganando espacio en base a la crisis, la desesperación y la escasa reflexividad de las poblaciones.

En resumen, la construcción discursiva de un enemigo oculta una estrategia de gobierno que se torna imperceptible para las masas. Crea paradojas entre víctimas que en realidad son victimarios. Favorece un control social basado en la manipulación de la verdad. Repercute fronteras afuera mediante la militarización y la guerra. Y ataca al corazón de las conquistas sociales que apuntan hacia la equidad.





El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.Manuel Vicent (1936-?) Escritor español.

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