miércoles, 24 de octubre de 2012

Siria. Fallas en el diseño para derrocar su gobierno

miércoles, 24 de octubre de 2012 Juan Francisco Coloane En el plan para derrocar el gobierno Sirio, que había fortalecido su credibilidad internacional y generado un proceso de reformas políticas con anterioridad a las llamadas “primaveras árabes”, a juzgar por los resultados de la operación, se han detectado fallas estratégicas por una lectura apresurada e incompleta de la realidad. Es curioso. El plan de acabar con el gobierno Sirio y su modelo de desarrollo de tercera vía y con autonomía internacional, tiene sus años. Sin embargo cuando se dispara la actual situación muy pocos anticiparon la situación del presente. El alcance del comentario anterior podrá aparecer ostentoso por lo tajante, sin embargo la situación no permite otra evaluación, después de 20 meses de enfrentamientos con miles de víctimas, una mega destrucción de infraestructura y negociaciones fallidas. No ha habido tal derrocamiento, las negociaciones corrieron por carriles paralelos en contradicción, donde se cruzaron objetivos en un enjambre de interesados construyendo nudos indescifrables hasta que se posicionó el terrorismo. Si esto último era el plan, un objetivo se cumplió. La guerra en Siria para derrocar al gobierno tiene a los terroristas como protagonistas. Si no lo era, más de algún jefe de estado comprometido con la estrategia fallida deberá responder ante su parlamento o alguna corte, si efectivamente todo esto se toma bien en serio y no como una bagatela de presiones políticas para satisfacer determinados intereses. En este enjambre están comprometidas desde compañías multinacionales, países de conducta histórica expansiva pro supremacía, países con sequía de liquidez muy prestos a recibir “donaciones” de todo tipo, hasta organizaciones políticas y humanitarias con agendas presionadas por esa variable independiente de alta elasticidad como es el dinero. La falla estratégica medular en el intento de derrocar a Basher el Assad reside más en la aceleración del proceso, que en el proceso en sí. Más allá de que cualquier plan para derrocar un jefe de estado es en sí mismo descabellado, este que se concibió en torno a Siria es mucho más descabellado aún al haberle impreso un sello de aceleración, interpretando señales equivocadas de la cohesión interna en Siria, y todavía más, con una lectura incompleta del escenario internacional. La aceleración de derrocar un gobierno a partir del enfrentamiento armado, corresponde a una confusa estrategia por parte de los países de la Alianza Transatlántica que son los principales responsables de lo que está sucediendo en Siria. Esta aceleración por derrocar, ha traído como consecuencia la prolongación de un conflicto armado que lleva más víctimas fatales de las imaginadas al comienzo por los que planificaron las revueltas con apoyo militar externo. Es así que están obligados, -llamemos los golpistas internos y externos- a demonizar al gobierno de Assad que está en la obligación de mantener la estabilidad en el país y la integridad territorial. Este fenómeno va más allá del cálculo de que Siria es como Libia o como Egipto. Este es el fracaso de la ciencia política occidental, de las teorías de relaciones internacionales de la misma raigambre, que ya fracasaron con la invasión a Irak. En particular al aplicar una teoría política que puede ser útil en el plano doméstico, que sin embargo puede ser inconducente o letal en el plano internacional, como es en este caso de Siria. Me refiero al concepto Straussiano, (por Leo Strauss el filósofo político y gurú neoconservador por excelencia) de que “el hecho político nuevo, que impacta por lo crucial de su efecto inmediato, gatilla un proceso político sustancialmente diferente por la sola virtud de que el nuevo hecho no existía, y no existía ese (su) impacto”. En esta concepción, los factores analíticos provenientes del historicismo cuentan menos que aquellos que gestaron el fenómeno político nuevo y su impacto. Dicho en forma somera para iniciar el argumento. El ejemplo más claro es la invasión a Irak en 2003. Había que invadir por muchas razones. Pero había que hacerlo por una fundamental: demostrar que Estados Unidos está de regreso por sus fueros para restablecer su rol de primera potencia mundial y con la expectativa de la supremacía total. Ese es el hecho político esencial que en forma sinérgica genera una serie de otros movimientos en el tema de la supremacía, los equilibrios internacionales y de quién los administra. Hasta allí, el concepto de “hecho político nuevo” va en buen camino. Donde se perturba es cuando en el escenario internacional comienzan a reaparecer variables que estaban dormidas y en eso hubo una falla analítica de predicción en relación a la velocidad de recuperación de Rusia como potencia, más allá de sus ojivas nucleares. Los análisis del Pentágono (Strategic Studies Inistitute .SSI), de alguna forman advertían el regreso de Rusia como potencia, pero no precisaban la velocidad y la dimensión alcanzable. Más bien lo condicionaban a muchos factores y ponían en duda si Rusia se recuperaría en una dimensión como para reverdecer laureles de potencia. Hay una falla medular, y consiste en que prevalece en Estados Unidos la visión de que no habrá un poder de un nivel como la URSS que se le ponga al frente. Es un análisis contaminado por una creencia casi religiosa, de que efectivamente no habrá nunca más una potencia que se le ponga al frente a Estados Unidos, como lo hizo la URSS. Esta creencia convertida en fe es precisamente el impedir a toda costa que esa potencia exista. Estados Unidos invade Irak antes de la crisis económica de 2008 y cuando China recién se disparaba con las tasas de crecimiento económico que causan admiración. Sin embargo el dato más importante es que cuando Irak es invadido, Rusia atravesaba una etapa de repliegue y revisión de sus prioridades. Estaba concentrada en ordenar la casa en su interior y no necesariamente en condiciones de “roncar” fuera de casa. Rusia a nivel de Europa y Asia, así como fue la URSS a nivel mundial, es una potencia cuyo alcance no se puede desconocer en un mapa estratégico del mundo y esta vez los estrategas no midieron la velocidad y la dimensión de su recuperación. Hay otro detalle más. No anticiparon la recuperación psicológica de Rusia para retomar su rol de potencia, en una disputa por la supremacía en la zona. El gas descubierto en Al Hasake podrá ser un foco, un punto central. Sin embargo el rasgo esencial en la naturaleza del poder que surge en esta nueva Rusia, es plantarse frente a la Alianza Transatlántica como no lo había hecho nunca antes un poder desde el desplome soviético. El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla. Manuel Vicent (1936-?) Escritor español.

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