lunes, 24 de junio de 2013

Del purgatorio sirio al atlantismo de la Alianza del Pacífico

LUNES, 24 DE JUNIO DE 2013 POSTED BY: TONATIUH MALDONADO. Gustavo Herren Sin perder generalidad sobre la complejidad del conflicto sirio, una visión que involucre a las grandes potencias muestra que la dinámica de la intervención de Estados Unidos y los atlantistas en Siria, está correlacionada con la reacción de Rusia, con las nuevas prioridades respecto a China y es concomitante a su vez, con un encadenamiento de eventos que toma al Pacífico como espacio de conexión. Washington está reimpulsando el libre comercio entre ambas costas, las de Asia/Australia/Nueva Zelanda con las de América Latina, donde se proyecta con la Alianza del Pacífico (AP). El proceso económico requiere de un importante despliegue naval y presencia militar, que es afín a la nueva contraofensiva de espectro completo en América del Sur y el Caribe. Siria, con una población heterogénea en términos de clases sociales, sectas religiosas, idiosincracia de sus regiones, ideologías y política, pero con vínculos sociales firmemente estructurados en un Estado con un gobierno central, que marca una diferencia significativa con la Libia de Kadafi. Antes del conflicto, la oposición política al gobierno (interna y externa) se caracterizaba por estar extremadamente dividida lo que acotaba enormemente la posibilidad de definir alguna dirección colectiva como alternativa, para beneficio del presidente Bashar al Assad. Un régimen autoritario presidencialista y anti-imperialista, con una elite dirigente que somete eficazmente a funcionarios e instituciones ante cualquier desafío de poder interno, caracterizado por mantener una importante cohesión interna a pesar del creciente desgaste y la pérdida de gobernabilidad territorial, y con la mayor parte de las Fuerzas Armadas subordinadas, bien organizadas y pertrechadas. Un gobierno que cuenta a su favor con fuertes legados sociales como el temor generalizado de la población al islam fundamentalista, la pesadilla de las catástrofes humanitarias recurrentes fogoneadas desde el exterior (como en Libia, Irak, Líbano y Afganistán), o el conflicto árabe-israelí con la inseguridad que genera en una región en equilibrio inestable, legados que tienden a aumentar el respaldo popular al régimen de al Assad contra la incertidumbre que genera la insurgencia. Tal es el caso, del cambio de actitud de la mayoría de la población que profesa el islam sunita no necesariamente conforme con el gobierno chiíta (alawita) del presidente y su familia, y que en un inicio estuvo a favor de la oposición. Según los principios de insurgencia planteados por T. E. Lawrence (Lawrence de Arabia) acerca de la masa crítica para inducir una rebelión, una condición necesaria para que una revuelta armada se realimente y crezca es que al menos un 20% de la población no rebelde apoye a los insurgentes. En la situación actual se estima que solo un 10% del pueblo sirio respalda efectivamente a la insurgencia. Por tanto, para forzar un cambio de régimen se requiere de una fuerte intervención militar externa. Cuando a principios de 2011 el fenómeno social de la primavera árabe inducía revueltas contra los gobiernos autoritarios en Oriente Medio, bastó una excesiva reacción policial del régimen sirio ante una manifestación opositora para disparar una protesta interna generalizada inicialmente popular, pero que antes del año comenzó también a ser alimentada por fuentes externas, abriendo un espacio por fuera de los intereses del pueblo sirio, que fue siendo ocupado por una oposición armada heterogénea con decenas de miles de individuos configurando una multiplicidad de bandas insurgentes, mercenarios, grupos militantes armados y combatientes fundamentalistas extremistas y terroristas de origen local y externo. Así el conflicto interno armado que se desató en 2012, se alimentó con una oposición civil y otra militar con decenas de partes distintas, que rápidamente atenuó las voces de la oposición no militar. La oposición armada tiene una componente de origen local y otra de insurgentes foráneos con no menos de 30 nacionalidades, sean de algunos países limítrofes como turcos, iraquíes y jordanos y otros vecinos de Oriente Medio; también de los Balcanes, del Cáucaso, de Asia Central, del norte de Africa. También de al menos varios cientos de europeos, como ciudadanos provenientes de Inglaterra, Francia, Alemania, Irlanda y Bélgica, tampoco faltan estadounidenses, que tarde o temprano regresarán a sus países con un buen entrenamiento en guerrilla y terrorismo, y es probable que algunos intenten aplicar la yihad individual o lo que algunos analistas occidentales nombran hoy como nuevas tácticas terroristas. Es decir la oposición militar a al Assad también se caracterizada por estar muy dividida, e incluye además componentes fundamentalistas, extremistas y terroristas funcionales o no a Estados Unidos y la Alianza Transatlántica, a las monarquías árabes del Golfo Pérsico (y sus fuentes del islam extremista), y al sionismo de Israel (el sionismo es a Israel como el nazismo a Alemania, es decir una ideología a diferencia del judaísmo). El llamado Ejército Libre de Siria alineado con las potencias atlantistas, no configura una autoridad central representativa que aglutine a la mayoría de la oposición, que a pesar de la propaganda negra occidental está perdiendo terreno. Los grupos islámicos radicales (como la línea al Qaeda) está creciendo en adhesiones, debido a cuestiones como una percepción colectiva de que un apoyo externo encubre la dominación y saqueo del imperialismo occidental y por otro lado, la visión de la brutal embestida del régimen de al Assad. La alta fragmentación de la oposición, que dificulta una comunicación efectiva y una negociación de suficiente alcance con líderes representativos, es otra de las razones que dilata la intervención armada de las potencias occidentales. Por otro lado, la revuelta siria está teniendo en la región consecuencias relevantes de violencia, tensiones, desestabilización social y escaramuzas. Entre otros en el Líbano, donde la organización político militar Hezbollah ha movilizado combatientes en apoyo de al Assad, en Irak donde se están produciendo atentados. En Turquía, donde ha estallado una suerte de primavera turca, una oposición hasta ahora civil al régimen autoritario de Erdogán, sus reformas neoliberales, su giro alineándose con la Alianza Transatlántica e Israel, y el rol de la sospechosa Hermandad Musulmana. Las potencias atlantistas buscan mantener la inestabilidad en Siria y la caída del gobierno financiando, entrenando y armando a algunos sectores de la oposición militar; por un lado para debilitar a Irán y que no avance su influencia en la región, pero prioritariamente apuntan contra Rusia. Rusia, otra de la razones para mantener también en el limbo sirio a los anglofranceses, el eje de la Unión Europea que ahora promueve el ataque atlantista a Siria y antes la furibunda intervención a Libia, con más de 20.000 ataques aéreos de los que casi la mitad fueron de bombardeo 'humanitario' por saturación y que en unos seis meses produjeron la victoria. Aunque no para Moscú que fue relegado, y que actualmente muestra no estár dispuesto a seguir perdiendo influencia, incluso presionando sobre el equilibrio regional de fuerzas enviando misiles S-300 a al Assad. Al parecer, Damasco ya dispone de los misiles Iskander y nada menos que los supersónicos Yajont, así como de 400 modernas unidades móviles de artillería rusas Grad (granizo) con 24 lanzacohetes cada una. Luego del anuncio de Obama de armar a los rebeldes, Putin amenazó en Londres con enviar a Siria los misiles tierra-aire Skean 5 capaces de destruir blancos a 250 kilómetros de sus costas y peor aún, suministrarle misiles S 400 que están entre los sistemas de defensa aérea mas avanzados del mundo. Un tiro por elevación para dificultar otra posible intervención aérea de la OTAN similar al caso de Libia, que también en Siria sería necesaria para cambiar al régimen. Sumado a que deberá conformarse un ejército insurgente suficientemente entrenado y armado (como mínimo con misiles anti-tanque y antiaéreos) y que luego ese 'perro rabioso no muerda la mano de quienes lo alimentaron', ya que un cambio de régimen no implica que se detenga necesariamente el conflicto ni la violencia armada (como ocurrió en Irak y Libia). Washington anunció oficialmente que se ocupará de armar a la oposición (y a los sectores terroristas funcionales a sus intereses), tal el caso del Ejército Libre de Siria. En realidad solo está blanqueando una operación que ya triangulaba desde hace largo tiempo en forma encubierta, junto con los europeos e Israel entre otros. Rusia que tiene operando la base naval de Tartus (una herencia de la URSS) no busca un cambio de régimen sino una negociación que enfríe el conflicto interno. La intervención atlantista debe ser tal, que no propague simultáneamente a todo Oriente Medio un conflicto bélico como un efecto dominó. En respuesta al armamentismo de Estados Unidos y la Unión Europea, antes de las elecciones Teherán sugirió que podría desplegar en Siria una tropa de varios miles de Guardianes de la Revolución Islámica para apoyar a las fuerzas leales al presidente al Assad y abrir un frente sirio contra Israel en los Altos del Golán, pero por otro lado el Pentágono tiene 40 bases militares operativas rodeando a Irán. La mayor potencia militar imperialista del mundo busca hasta donde pueda no intervenir militarmente en forma directa en Siria, sino tercerizando la tarea sucia entre los anglofranceses, sus aliados de la Alianza Transatlántica, sus socios o proxies regionales y los propios insurgentes sirios, ya que mas allá de preservar la imagen de la Casa Blanca y el costo político interno, debe implementar prioritariamente el cambio geopolítico de prioridades del segundo mandato de Obama. El cambio de prioridades estratégicas de Washington consiste en que está focalizando una parte no menor de sus recursos en la región Asia-Pacífico y en las rutas Indico-Pacífico, lo que incluye un despliegue militar importante para oponerse a la influencia China y recuperar la propia. Mientras Estados Unidos se ocupaba de invadir y atacar Irak y Afganistán, perdía su carácter de actor económico dominante en Asia Pacífico a costa de que China aumentaba su expansión. Pero además, Washington no está perdiendo la oportunidad única para recuperar su influencia también en la región América-Pacífico, lo que incluye una nueva y vigorosa ofensiva sobre su patio trasero como lo manifestó literalmente hace poco el secretario de Estado, John Kerry '...América Latina es nuestro patio trasero y tenemos que acercarnos vigorosamente...Trataremos de hacer lo posible para cambiar la actitud de un número de naciones, donde obviamente hemos tenido una especie de ruptura en los últimos años...' Mientras la estrategia China para su emergencia como potencia mundial, se basa en su numerosa población y la expansión del poder económico-comercial global (incluida sus grandes transnacionales), Estados Unidos en cambio, se apoya en el desarrollo del poder militar hegemónico y su influencia sobre la economía internacional con el sistema dólar, (que también incluye a sus grandes corporaciones privadas multinacionales). A diferencia de los chinos, el paquete imperialista estadounidense incluye además del libre mercado, el cambio civilizatorio que se apoya en su misión divina o destino manifiesto hacia la 'forma de vida americana', que no es la de sus ciudadanos sino un estado de coloniaje encubierto. Beijing está tratando de disminuir la dependencia de sus rutas marítimas del estrecho de Malaca controlado por los atlantistas, con caminos alternativos incluido terrestres, oleoductos/gasoductos y grandes proyectos hidráulicos e hidroeléctricos, por lo que está aumentando su influencia en India, Pakistán, y más intensamente en Myanmar (Birmania) y Tailandia. Intenta por ejemplo, reactivar el histórico proyecto para la construcción de un canal Indico-Pacífico en el itsmo de Kra, que por lo pronto ahorraría unos 1000 kilómetros de ruta, arruinando nada menos que a Singapur (Malasia) e Indonesia y por tanto impactando sobre Estados Unidos e Inglaterra, lo que cambiaría la geoestrategia regional al punto tal de no descartar un conflicto armado. Para dificultar que China se convierta en 'bioceánica' controlando la salida hacia el Indico, Washington y sus socios atlantistas se ocupan de mantener desestabilizado tanto a Pakistán como Myanmar, sea alimentando diferencias religiosas y étnicas, utilizando terroristas, narcoguerrilla, etc, al no poder aplicar sanciones y bloqueos como a Irán y Cuba, ni dominar mediante la guerra de control económico. China también aumenta su influencia sobre Bangladesh donde tiene control estratégico (civil y militar) en los puertos de Chittagong y Sonadia. Este país está entre los de mayor densidad de población en el planeta que generó una enorme oferta de trabajadores en la pobreza extrema, con una mano de obra entre las mas baratas del mundo y por tanto un paraíso para la explotación y el trabajo esclavo de las grandes multinacionales capitalistas. El proyecto estratégico de Washington apunta prioritariamente a aumentar su influencia en Asia-Pacífico y dentro de éste la proyección hacia América-Pacífico con una expansión militar, tratados de libre comercio y múltiples acuerdos diplomáticos de todo tipo de acercamiento y cooperación, que se cierra en la Alianza del Pacífico con un rol fundamental como caballo de Troya imperial para toda Latinoamérica. Integrada inicialmente por México, Colombia (que busca ingresar en la Alianza Transatlántica), Perú, Chile y próximamente Costa Rica, Salvador, Uruguay ('despechado' por Brasil y Argentina), Guatemala, Honduras, Paraguay, Panamá y Canadá, y tomando el Pacífico como conexión los otros candidatos son Japón, Nueva Zelanda y Australia; tampoco están quedando fuera europeos como España y Portugal y atlantistas como Francia y Estados Unidos. El océano Pacífico, una oportunidad única para la embestida atlantista en Latinoamérica, en cuanto la supresión del Comandante Hugo Chávez equivale a una victoria sin par y a la medida de los enemigos de la integración motorizada por el líder bolivariano. De hecho la estaca de la desintegración está siendo clavada. Precisamente la embajadora estadounidense en Uruguay reveló parte de la estrategia imperial en una reciente reunión en la Cámara de Comercio uruguayo-estadounidense '...Uruguay debería sumarse al nuevo modelo de integración que impulsa Estados Unidos, que tiene una nueva estrategia de libre comercio y concibe a Uruguay como un socio político principal, en que un paso decisivo sería su incorporación a la Alianza del Pacífico...' Por su parte Obama al recibir al presidente de Chile, Piñera, manifestó su coincidencia '...en la necesidad de impulsar la Asociación Económica Estratégica Transpacífico (Trans Pacific Partnership; TPP)'. Un tratado de libre comercio multilateral que apunta a las economías de la región del Asia-Pacífico firmado inicialmente por Singapur, Nueva Zelanda, Brunéi y Chile. Es decir, tomando el nombre de la integración Latinoamericana proclamado por los gobiernos progresistas, que en lo comercial apunta a una apertura del comercio complementaria sin afectar los mercados internos, aunque acotada por las discrepancias comerciales que surgen por la heterogeneidad de sus economías, la nueva integración es conceptualmente opuesta a la bolivariana. Busca reimpulsar entre otros, un acuerdo gestado en 2005 en el Pacífico occidental (TPP) y adaptarlo con otro (AP) nacido en 2012 en su costa oriental pero que se basan en una 'integración' imbricada en un festival del libre comercio diversificado entre los países (a diferencia del la unicidad del ALCA, en este caso Washington promueve sus intereses detrás de terceros), pero que en última instancia involucra al libre mercado de las grandes potencias occidentales liberales, a sus transnacionales y grandes bancos que con sus asimetrías han empobrecido y saqueado a Latinoamérica por siglos. No es casual que en este nuevo proceso de integración se busque acotar a China mientras está proyectando su poder comercial hacia América Latina, con megaproyectos como la construcción de un canal interoceánico en Nicaragua, lo que impactaría directamente sobre el Canal de Panamá y los atlantistas. En el paquete también está la contraofensiva del imperio al interior de América Latina, lo diplomático y comercial se complementa con el despliegue militar, aunque esta vez en parte tercerizado por sus aliados, como Colombia e Israel. Pero el Imperio mapea sus operaciones estratégicas a escala planetaria. El movimiento de piezas en un punto, no es independiente de los movimientos que hará en otros puntos que pueden ser diametralmente opuestos. Washington está focalizando la mayor parte de su energía en el espacio donde Beijing está expandiendo vigorosamente su esfera de influencia próxima, para ello necesita militarizar Asia-Pacífico, y extender el arco de inestabilidad a la región usando a Corea del Norte en el Mar de China, antes que Beijing complete el desarrollo de su poder militar como tercer apoyo para su emergencia como potencia global. La magnitud de los dos principales actores surgidos a más de dos décadas de la caída de la URSS que están creciendo dentro del capitalismo global, y el debilitamiento relativo de la economía de Estados Unidos hace que hoy haya perdido capacidad para ser una potencia dominante en varias regiones del mundo, en forma simultánea. Por ello debió retirar su fuerza militar del pantano de Irak, moderar el ataque al Talibán, negociar un retirada paulatina del Cementerio de los Imperios, y mantener el purgatorio sirio para las negociaciones con Irán. Recuperar su Patio Trasero supone un menor gasto de energía, no mayor que el de las guerras de baja intensidad, dada la envergadura de países menores en la estratificación jerárquica internacional, salvo Brasil. De modo que la contraofensiva imperial militar, política y económica en América Latina no solo es posible, sino que ya está en marcha. El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla. Manuel Vicent (1936-?) Escritor español.

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